Desembalando Charlottesville. Crónica de un regreso a la violencia en casa

Desembalando Charlottesville. Crónica de un regreso a la violencia en casa

Por Gonzalo Baptista / Charlotesville (EE.UU.)

El emigrado retorna. Como la historia, siempre retorna. Tras un viaje, el emigrado no sabe si va o si regresa al lugar que le acoge. Fuera de casa, pero ya en su casa, en esa periferia donde encuentra techo y vestido, donde en apariencia encuentra una vida digna. Qué lejos Estados Unidos, ¿estarás ahí a gusto? Ya sabes que los gringos están todos tralarí. Mucho ojo con ellos. Y las palabras pobres de una familia perdida desbordan de improviso cuando salgo del aeropuerto de Washington DC y voy de camino a mi casa en Charlottesville, Virginia.

Es agosto, día 12, sábado al mediodía. Bienvenido al calor húmedo. En dos horas, cuando lleguemos a casa, habrán terminado oficialmente las vacaciones. Mientras conduzco por la Interstate-66, mi mujer se va adormeciendo al arrullo de las millas pasadas al vapor. Atrás quedan las maletas, los aviones, los dos meses de visita a España, el descanso parcial. Pongo la radio para sintonizar con la realidad de este país, a ver si finalmente se lleva a cabo el impeachment, pero en vez de darme esa alegría, me quedo de piedra. Mi mujer se espabila, alarmada. Tardamos en creer que centenares de fascistas se apoderaran el día anterior del campus de la University of Virginia y que fueran luego dando voces por la ciudad, la ciudad tranquila, la ciudad de Thomas Jefferson y de James Monroe. Bueno, aunque también es el lugar anejo donde Trump tiene viñedos. Vino sulfatado, por lo demás, con mano de obra inmigrante. In timo veritas.

¿Me perdí ese espectáculo? ¿Verdaderamente me lo perdí? Una procesión de antorchas blancas, llevadas por gente de fuego, dando vueltas a la noche en círculos alrededor de la estatua de Thomas Jefferson, coreando Blood and Soil [1], Jewish will not replace us y White Lives Matter. Richard Spencer, jovencísimo medieval, prendió la llama y centenares —¿miles?— de antorchas cegadoras caminaron dentro de la noche, invocando con palos los mugidos del fuego. La ignorancia, el odio, la intolerancia, el fanatismo: un viejo cóctel grana que la historia ofrece en bandejas color sepia.

Velas y flores en el lugar donde murió asesinada Heather Heyer.

Los encontronazos y el dolor vinieron después. Ese fuego blanco, profético, prendió como una mecha e incendió las calles por donde fue al día siguiente. Al principio había miedo a enfrentarlos y la gente se escondía. Los cascos nazis y los escudos romanos desfilaron junto al fuego de camino a otra estatua: la ecuestre de un racista perdedor llamado Robert E. Lee. El ayuntamiento de la ciudad hace ya tiempo que tiene por objeto retirarla. Pienso en esa chica afroamericana, de trece años, que un día presentó al alcalde su deseo que desplazar la estatua del odio; ahora estará aturdida: ¿quién le explicará que el espíritu de esa estatua regresó en carne y hueso? Llegados al Emancipation Park –hasta hace poco, cómo no, su nombre era el Lee Park–, un grupo de jóvenes heroínas de la resistencia universitaria se metieron en el centro de la concentración de los white heads con pancartas de repudio. El valor empieza donde uno menos se lo espera.

Un crimen de odio racial es difícil de entender, especialmente cuando un pro-Ku Klux Klan asesina a una blanca. Da miedo la aleatoriedad del atentado. Estar en la calle, defendiendo derechos, rodeado de gente, pujando por otro provenir. De pronto la ciega incomprensión taladra la muchedumbre. Un coche como un ariete. El ataque estalla en la comunidad como el tungsteno de una bombilla. Dolor, chillidos, polvo, rabia. Otra vez la noche en medio del día. El atentado es ideológico. En realidad, no es un racista blanco que mata a una blanca. Es un neo-fascista, un bulldozer, que asesina a alguien que defiende la diversidad en su ciudad.

Los muertos los puso Charlottesville –la joven Heather Heyer, camarera del Café Caturra, frente al campus universitario, y dos policías de servicio–. El carnero asesino vino de fuera, como los cientos de medievales que llegaron por la autopista a la ciudad bramando con sus coches grandes, tipo tanque, llamados suv, que definen como anillo su nivel mental: altamente contaminante que ofrecen seguridad a un dueño menoscabado.

De toda aquella atmósfera sobresale la gallardía del contraataque, del no estar silenciado, de alzarse sin miedo, del apoyo en retaguardia. La defensa pacífica de Charlottesville frente a la invasión del odio es bella pues está trenzada de gente entusiasmada, altruista. Estudiantes, vecinos, voluntarios anónimos, ciudadanos de a pie, se juntaron convocados por las redes: Salid de las casas, defendamos nuestra ciudad, #DefendCville. Y la solidaridad se hizo eco en Ámsterdam, Berlín, Santiago de Chile, Sídney. Ahora los medios de masas explican estos días el significado del hashtag #Antifa, es decir, antifascista, pues el estadounidense medio desconoce la historia europea. A poco que uno pregunta, parece que tampoco conocen muy bien la suya.

Las huellas del controvertido Robert E. Lee están por todas partes. Su presencia militar llega hasta el castillo de Chapultepec en la Ciudad de México. Pero donde más mella ha hecho su defensa del esclavismo es en el sur del hermano del norte, en estados como Texas, Kentucky, Louisiana, Florida…, estatuas, como memorias urbanas, que en muchos casos se instalaron no en el ocaso de su Guerra Civil sino en el amanecer de los sesenta, mientras Martin Luther King peleaba contra la doctrina segregacionista del separate but equal. En medio de la noche, en medio del fango, aún reluce el nombre del racista perdedor, perennemente adornado con la bandera confederada. Aquí en Virginia, el general confederado da el nombre a una de las mejores facultades de Artes y Humanidades, la Washington and Lee University. La estatua de la discordia en Charlottesville ya la eliminaron de New Orleans al despuntar el verano y otras similares las acaban de quitar en Austin (TX), Baltimore (MD), Durham (NC), Lexington (KY), San Diego (CA), St Louis (MO), Tampa (FL). De costa a costa sigue la cadena.

El lunes por la mañana, justo antes de que diera comienzo el año académico, hubo un encuentro de casi cien trabajadores universitarios comprometidos con recuperar el espacio vejado. Irónicamente el acto tuvo lugar alrededor de la estatua de Homero, el mayor ciego de la historia de la humanidad. En esa reunión se habló de acciones concretas para el primer día de clase con la intención de entender por qué tomaron UVa y la ciudad de Charlottesville.

Devorado por el jet-lag y aturdido por los ecos del domestic terrorist attack, me dirijo por la autopista I-81, tres horas más al suroeste, al lugar donde acabo por entender mejor la secuencia: los permeables bordes de la llamada América profunda. En un college a los pies de las montañas Apalaches mantengo una conversación completamente casual con un estudiante de primer año, recién llegado, de esos que huelen todavía a suavizante comercial, y aún se ve tras él la figura de una madre que le preparó el desayuno por la mañana, perdido entre la novedad, con los ojos camuflados bajo una apretada gorra de béisbol. Acabamos hablando sobre qué le trae por aquí y en qué rama se ve desempeñando su futuro. Me dice que tiene miedo, que ahora mismo tiene miedo, que no sabe qué le depara el futuro, pues está harto, harto de que los gays hayan tomado el control de las instituciones y de las empresas. Hasta cierto punto no me sorprende que un mancebo ingenuo engendrado en las montañas repita dolido semejante mantra. Le pregunto por qué piensa eso, que quiero saber en qué se basa. Se detiene extrañado. Luego me mira con recelo. Por fin veo sus ojos, verdes, bellos, pero hundidos en un universo lejano. Sí, no me importa que no me entienda. Aquí todos ustedes son muy liberales. Ya me lo advirtieron en la iglesia. Pero aquí he venido a formarme para un trabajo venidero. Lo que pasa es que ustedes estas cosas no las ven, me dice con la seguridad de quien ve ajeno el puzle vital.

Regreso a mi casa de Charlottesville con una derrota que sombrea el pensamiento. ¿Estamos perdiendo? ¿Estamos ganando? ¿Qué es perder y qué es ganar frente al racismo, la intolerancia, el odio al inmigrante, la islamofobia, el supranacionalismo, la misoginia, la hostilidad contra los grupos LGTBQi? Estados Unidos se concibe como un país de inmigrantes. No quedan apenas nativos del lugar sino en reservas indias. El resto de etnias y de credos llegaron aquí después. La supremacía blanca, que ya es ciega, quiere ofuscar, quiere seguir escribiendo la historia a su manera. Nunca se ha visto tanto odio por aquí.

[1]“Sangre y tierra“, (Blood and Soil), un eslogan nazi (Blut und Boden) que sostenía que la etnicidad se basa únicamente en la ascendencia (la sangre de un pueblo” y la tierra de donde se proviene [ http://www.cambio16.com/mundo/sangre-y-tierra-el-significado-del-eslogan-de-los-supremacistas-de-charlottesville/ ]